En un post anterior, hablé de la
Plena Conciencia y de la importancia de estar presente, aquí y ahora.
Quizás leyeron en
mi perfil que soy una apasionada bailarina de tango y quería contarles cómo el tango me ayudó a conocerme a mi misma y a conectarme con mi cuerpo y mis emociones.

El tango, como todas las danzas de salón, es un diálogo entre 2 personas. El hombre propone y la mujer dispone. Mientras el hombre debe pensar los pasos, marcárselos a la mujer, escuchar la música, y cuidar de no chocar ni ser chocado por las otras parejas en la pista; la mujer debe simplemente escuchar lo que marca el hombre y seguirlo. No es por desalentar a todos los hombres con ganas de aprender a bailar, pero para la mujer es realmente más fácil. Eso si… Si se sabe dejar llevar.
Cuando comencé a tomar clases, hace ya muchos años, tuve que enfrentarme con una dura realidad. Siendo una capricorniana, economista y “de armas llevar” -como diría
mi abuela-, no sabía dejarme llevar. No podía fluir y por ende, no podía bailar. Me llevó un tiempo de clases y clases hasta que de a poco me di cuenta lo que me estaba faltando y fue entonces cuando hice “click”: empecé a confiar, cerrar los ojos y fluir.
Bailé intensamente durante 3 años (aún no estoy muy segura de cómo me recibí) y luego por cosas de la vida, me retiré de la milonga por otros 4 y volví hace unos pocos meses. No puedo explicar mi sorpresa cuando luego de 4 años sin bailar, volvió todo como si hubiera pasado una semana: como andar en bicicleta. Y en esta nueva etapa de mi vida, donde estoy en búsqueda de
la plena conciencia, todo cobró un nuevo sentido.

Para estar Presente es muy importante estar conectado con la tierra (“be grounded”) y para esto, como dice mi maestra
Arawana Hayashi, es muy útil estar conciente de la espalda y tener el peso en los talones. ¿Cómo puede ser entonces que bailando, donde el peso está adelante para posibilitar el abrazo y no tengo ni el más mínimo control sobre mi cuerpo dado que solo “obedezco” me haya sentido presente como nunca antes?
Reflexionando con mi compañeros del
Authentic Leadership Certificate Program, entendí que no es cierto que no tengo control sobre mi cuerpo, sino todo lo contrario.
Todo mi cuerpo y mente están allí, presentes, conectados y receptivos para captar la más mínima marca del hombre. A veces, mientras bailo y de golpe siento que estoy haciendo algo super-complicado, me pregunto
“¿Qué fenómeno extraño hace que el hombre gire un poco el torso y yo termine haciendo eso?” y la verdad es que no tengo ni la menor idea. En cierta forma es una
actividad meditativa. A esta altura, soy incapaz de recordar un solo paso en la “teoría”. A veces me dicen “
en el ocho cortado podés meter un adorno” o “
salí con derecha” y me siento como si me estuvieran hablando en chino: “
Derecha??? Qué es eso??? No tengo ni la menor idea de cuándo estoy haciendo un ocho cortado!”. Y ni qué hablar de lo que pasa si intento "pensar" el baile... Todo tipo de magia y conexión desaparece y me siento Pinocchio.
Durante los 3 minutos del tango, pierdo la noción del tiempo y no estoy segura dónde termina mi cuerpo y dónde comienza el hombre: somos uno con la música. Y no es que “
me llevo muy bien bailando con Juan o Pedro”, me pasa lo mismo con cualquiera de los bailarines: morochos, rubios, flacos, gordos, petisos, altos, jóvenes, viejos, rusos y argentinos. Bailando veo que es cierto, que estamos todos conectados, que somos uno.
Es una sensación maravillosa que sinceramente espero que todos encuentren en alguna actividad, ya sea cocinar, bailar, correr, pintar, meditar o lo que sea.
AGRADEZCO PROFUNDAMENTE A TODOS "MIS MILONGUEROS" POR PERMITIRME CONECTARME CONMIGO MISMA Y CON ELLOS, AUNQUE NO LOS CONOZCA Y SEA SOLO POR 3 MINUTOS.